Reconozcamos el egoísmo del ser humano, es divertido.

A ver, repasemos….No redacté el pasado artículo para convertirme en una persona a quien tenerle lástima por la loca de su madre.

Todos sabemos muy bien que la locura de una madre es conocimiento general, y habita en cada casa. No necesito, ni mucho menos quiero la “ayuda” de nadie… ¿Quién podría pensar que debería ayudarme “de mi madre”? ¿Por qué?

Por favor, intentemos dejar a un lado las reacciones en masa generalizadas, de actuar como si tuviéramos espíritu caritativo y reconozcamos el egoísmo del ser humano, es divertido. Saquémonos las caretas, el jean Levi’s y veamos qué hacen las locas de nuestras madres por nosotros día a día. Son ejemplares para imitar.

Agradezco su mención de que “están ahi para cuando los necesite”. Pero tomen nota: más digno es simplemente saber que están ahí siempre, sin preguntar ni decirlo.

Este es un artículo para meditar sobre quiénes somos, afuera de nuestro barrio y nuestra adolescencia tardía. Meditar cómo nos enfrentamos al mundo, sobrevivimos por nuestra cuenta y nos lavamos el culito (por decirlo de algún modo).

¿Sos capaz de admitir que te vales por ti mismo?  Piénsalo. O tenés las “bolas de acero” (como yo las llamo) y enfrentas la realidad que dibujas cada mañana?
Anímense, salgan de la burbuja, hay mucho por explorar…

Madre hay una sola!

Ok, mi madre enloqueció, está del coco…

Miles dirán “na, la mía está peor”, por eso advierto: ni se molesten, a esta mujer no hay con que darle. Déjenme contarles algunos detalles sobre ella.

Es el tipo de persona que tiene 3 bombachas gigantes fluorescentes (ojo, en distintos colores) y no teme demostrarlo.

Una noche de invierno (de esas heladísimas) le agarró uno de sus ataques de “me llevo puesto el mundo por delante, no me importa nada”. En su insistente manera de representar tal idea, arrancó los 15 rosales del jardín (que por cierto, estaban divinos) a serruchazos, y luego se cortó su larga cabellera rubia y lacia a tijeretazos, dejándose un largo de 10 cm aproximadamente. De forma muy decidida aclaró “lo hago porque es mi cabeza, mi jardin… y hago lo que quiero”. Fue cómico a la mañana siguiente cuando hizo los mandados, y la cajera del supermercado le preguntó por su cambio de look, a lo que mi madre improvisó con naturalidad. Comentó que se había agarrado un mechón de pelo con la hornalla de la cocina tratando de prenderse un pucho.

Cuando yo tenía alrededor de 5 años, ella armaba nuestros bolsos y nos llevaba a la casa de mi abuela. Cualquier estupidez que mi padre dijera y que pudiese alterar su fastidio era detonante para trasladarnos durante la noche y regresar a la madrugada.

Así es ella, hace y deshace. Qué mejores anécdotas para graficarlo que estas.

 Lamentablemente los episodios se repiten más de lo deseado, y apenas se tiñen con la gracia de mi madre transcurrido el tiempo. Algunas anécdotas no quisiera mencionarlas ni atravezarlas ni revivirlas.